Este es mi café
Afuera nevaba ligeramente, lo suficiente para ver los copos volar como una pluma cayendo ahogadamente al vacío. Escuchaba mis pisadas en la nieve acumulada, que se sentían bajo mis pies como pequeñas colinas resbaladizas que parecían crepitar. Tenía los dedos helados, la nariz dormida y la cara tan helada que no podía percibir una lágrima caer desde lo más profundo y cálido de mi ojo derecho. Sé que cayó porque la vi reflejada en el cristal de un ventanal enorme de una cafetería ante el que me detuve más por disimulo que por ganas de entrar. Lo cierto es que se percibía, desde el frío exterior, una calidez irresistible y disfrutona que me guió hasta dentro sin que yo pudiera oponer resistencia.