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Lucía y la cámara olvidada:-Epílogo

Con la carta, los recuerdos volvieron y la rabia se acentuó, pero solo durante los paralizantes instantes en que Lucía yacía inmóvil sobre su cama.  Si Mario hubiera sabido que su pequeña misiva habría tenido un efecto tan enorme, a buen seguro la habría escrito antes. La carta llegó como un huracán que lo revuelve todo, que te arrastra con su fuerza, que te lleva donde quiere y del que no puedes escapar. Lucía sintió que se ahogaba, que la inercia huracanada de esas palabras, de esos recuerdos, serían la estocada final a su infelicidad, porque sí, fue consciente, más que nunca, de que no era feliz, no había podido serlo. Pero algo de su confesión la devolvió a la vida, la apaciguó, y abrió una compuerta que había permanecido cerrada a cal y canto todos esos años. Lucía se liberó, al fin lo hizo. En la consulta le dirían: tus heridas se han curado. Esa anoche acabaron las pesadillas.

Lucía y la cámara olvidada -Capítulo 17: “Golden Slumbers”

  La mañana después de la cena mandó un mensaje a T he  T eam : «Quedamos esta tarde en la buhardilla. Ya tenemos todo.» No sabía por qué, pero se sentía optimista, llena de energía. La mañana había amanecido soleada, con la típica luz de invierno a punto de convertirse en primavera, y eso le hizo sentir muy bien. Subió la persiana, abrió las cortinas y dejó que la luz del sol le tocara la cara que expuso durante unos segundos, con los ojos cerrados, para absorber toda su energía. La iba a necesitar. No le guardaba rencor a Alicia, más bien la compadecía, y lejos de sentirse con ánimo de enemistarse o enfrentarse  ella, decidió pasar por su casa antes de salir al instituto, así podría hablar con ella y disculparse por cómo la había hecho sentir. Lo tenía más que claro,  «Alicia no se merece este castigo, ella no ha hecho nada.» —Esta tarde vendrán todos a la buhardilla —la buhardilla se había convertido en un punto de encuentro en sí  mismo—, exponemo...

Lucía y la cámara olvidada -Capítulo 10 “El parque”

  Una vez se fueron todos, Lucía se  quedó sentada en el pequeño pero confortable y roído sofá que dominaba la buhardilla. Estaba sola, en silencio, necesitaba meditar. No sabía por qué pero en su interior esperaba encontrar algo más que dos fotos de mala calidad, y su decepción la mantuvo angustiada durante un buen rato. «¡Qué fiasco!» Sí, algo le  decía que  debía resolver sus dudas. ¿Pero sobre qué? ¿Por qué tomarse el proyecto tan a pecho? ¿Por qué su sexto sentido la empujaba a seguir buscando?  Miraba a su alrededor en busca de respuestas  y sólo veía recuerdos familiares. Fotos antiguas,  biombos y paipáis asiáticos,  retratos, alfombras apiladas, timbales cubanos... Todos ellos preciados recuerdos de Magda y Miguel, dos personas de mundo que se lo habían pasado muy bien recorriéndolo y cuyas  anécdotas de viajes podían alegrarle la velada a cualquiera. La angustia se agudizó y Lucía sintió un deseo imperioso de llorar. Su  ...