La orquídea
No podía aguantar la presión del ambiente. Una espesa capa de vapor denso se cernía sobre mi pecho, ahogándome y hundiéndome aún más en la hondonada que mi cuerpo llevaba esculpiendo en mi sofá desde hacía tiempo. Siete meses, más de doscientos días y noches llevaba postrada en el lado izquierdo de ese capricho de terciopelo verde del que me enamoré nada más verlo. No fue ninguna ganga, solo un autoregalo que me prometí si aprobaba la oposición. Y la aprobé, vaya si lo hice. Aproveché un viaje al baño para darme cuenta de que la autocomplacencia no me llevaría a ningún lado. No puedo seguir así, me dije, y decidí romper con las rutinas autodestructivas que me alimentaban el alma. Me miré al espejo, lloré, golpeé con un puño la encimera de mármol de mi lavabo y comencé a deshacerme de todo aquello que me recordara a esos doscientos y pico días de bajón. Comencé por el baño, por los jabones y geles de marcas blancas que no soportaba usar. Todo fue arrojado a una bolsa qu...