La orquídea
No podía aguantar la presión del ambiente. Una espesa capa de vapor denso se cernía sobre mi pecho, ahogándome y hundiéndome aún más en la hondonada que mi cuerpo llevaba esculpiendo en mi sofá desde hacía tiempo. Siete meses, más de doscientos días y noches llevaba postrada en el lado izquierdo de ese capricho de terciopelo verde del que me enamoré nada más verlo. No fue ninguna ganga, solo un autoregalo que me prometí si aprobaba la oposición. Y la aprobé, vaya si lo hice.
Aproveché un viaje al baño para darme cuenta de que la autocomplacencia no me llevaría a ningún lado. No puedo seguir así, me dije, y decidí romper con las rutinas autodestructivas que me alimentaban el alma. Me miré al espejo, lloré, golpeé con un puño la encimera de mármol de mi lavabo y comencé a deshacerme de todo aquello que me recordara a esos doscientos y pico días de bajón.
Comencé por el baño, por los jabones y geles de marcas blancas que no soportaba usar. Todo fue arrojado a una bolsa que encontré en el suelo y que en realidad llevaba varias semanas en el mismo lugar, junto al marco de la puerta, esperando que una mano piadosa se dignara a recogerla algún día. Una vez repleta de productos inservibles y cosméticos de baratija, la aposté junto al marco de la puerta, la recogería después de poner mi cuarto patas arriba y hacer un barrido de mi cuarto. Abrí el cajón de mi mesilla, rebusqué hasta encontrar bragas y sujetadores prehistóricos de los que me avergonzaba, la mayoría del contenido del cajón, y los tiré al suelo con rabia. Gruesos lagrimones caían al suelo con cada impulso de mi brazo derecho. En el fondo del mismo cajón encontré una foto de él, la miré, volví a llorar, la rompí en dos, y luego en cuatro, y la deseché con desprecio, como si tenerla en mi mano quemara o me abriera una herida que no había terminado de cerrarse. Acto seguido acudí a mi armario. Prendas de invierno y de verano que no usaba me miraban con miedo sabedoras de cuál iba a ser su destino: el destierro a una bolsa blanca cuyo interior aún contenía migas de pan, también tirada sobre la alfombra desde hacía días. Con cada prenda que doblaba y que introducía en esa bolsa se me escapaban sollozos que no hicieron más que aumentar la autocompasión que sentía. Con cada gesto me deshacía de recuerdos, de años de vida compartida, de regalos, de momentos de felicidad que para mí fueron inigualables. Pero ya era hora de pasar pagina, sentía que el duelo había acabado. Me calcé las Vans que dejé junto la entrada de casa —otro recuerdo de él, de su manía de descalzarse nada más entrar—, y como un tiburón a punto de devorar un banco de deliciosas sardinas, abrí la puerta, bajé las escaleras, abrí el portón del edificio y embestí el contenedor más cercano para deshacerme de todo. Y lo hice. Resoplé. Me sentí ligera de pronto. Sonreí, por fin sonreí, y vi el escaparate de la acera de enfrente: Florhisteria. Pensé en el nombre extraño pero ingenioso de esa floristería. Decidí comprar una planta, un símbolo de mi renacer. Entre todas las flores y plantas destacaba una preciosa orquídea blanca de la que emanaba un halo fluorescente. Parecía una diosa entre mortales. Todo lo que había a su alrededor: rosas, hortensias, geranios, margaritas, yucas…, todo, absolutamente todo, se tornó oscuro, verde oscuro y sin color, y no tuve ojos para nada más. Me llevé la orquídea y pagué con el móvil sin preguntar por sus cuidados, ya miraría en internet. Me sentía tan poderosa como ella. De camino a casa entré en una perfumería. Me compré un pintalabios rojo, el más rojo que encontré. También decidí llevarme un perfume, así como cremas y jabones caros. No reparé en gastos.
Ya en casa, coloqué la orquídea en un lugar destacado de mi salón. La miré con admiración. Cogí el móvil y llamé a mi amiga Blanca: nena, que hoy salgo. Luego nos vemos donde siempre, le dije. Saqué del armario el vestido azul marino que nunca llegué a estrenar, me recordaba a los tiempos de la ruptura. Me lo probé, y me quedaba como un guante. Puse la música de salir, la lista que creé tiempo atrás y que hacía siglos que no escuchaba.l. Me sentí pletórica. Me vestí, me perfumé, me pinté como hacía tiempo no hacía, me miré al espejo y me encantó lo que ví.
Llegué un poco tarde al bar. Sentí el gusanillo de lo desconocido al ver que mis amigas no estaban solas, pero hice ronda de saludos como si yo fuera el nexo entre todos ellos. Sentí un escalofrío al conocer a Carlos, que me rozó levemente la cintura con un dedo. Me tocó sentarme junto a él, y mientras hablábamos, mientras conectábamos, pensaba en el poder de las orquideas.
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