Este es mi café
Afuera nevaba ligeramente. Los copos parecían plumas que caían vacilantes, como si intentaran no tocar el suelo jamás. Escuchaba mis pisadas en la nieve acumulada, sintiéndola bajo mis pies como pequeñas colinas resbaladizas que crepitaban a cada paso. Mis dedos parecían barritas de hierro: congeladas, frías, inertes, y mi nariz, aletargada y enrojecida por el frío, no dejaba pasar el aire cortante. No tenía rostro, sino un témpano de hielo, una pista congelada y dura por la que resbalaba una lágrima que mi ojo derecho dejó escapar sin mi permiso. Supe que caía tras ver su reflejo en el gran ventanal de la cafetería que tenía ante mí. Presioné el pomo gélido de la puerta anhelando calor, y asomé tímidamente mi ya recuperada cara, que parecía caer al suelo derretida por la calefacción que comenzaba a penetrar en mí. Miré alrededor y maldije para mis adentros al no encontrar ninguna mesa libre. Miré de nuevo para asegurarme de que estaba en lo cierto, no era muy amiga de compartir mesa con extraños, ni siquiera a sabiendas de que era lo normal es una urbe cosmopolita como Berlín, tampoco a pesar de las innumerables veces que me había visto obligada a hacerlo desde que llegué para quedarme, hacía ya unos años. Volví a maldecir en español, coño, no me lo puedo creer. Me estrujé el ojo derecho, que se había empeñado en seguir llorando ignorando mis deseos de que dejara de hacerlo, y lo hizo mientras mis pies no se movían del sitio. Una tercera maldición fue seguida de un resoplido instintivo, muy común en mí en situaciones de estrés, esta vez acompañado de un movimiento leve de pies, que ya se encaminaban de vuelta a la puerta. En ese momento, justo en ese momento, mientras ya me encontraba en plena caminata hacia la salida, otra parte de mi cuerpo me desafió actuando como si fuera un ser independiente y con voluntad propia: mi boca, que sonreía tímidamente a la persona que había tenido a mi derecha desde que entré. Wollen Sie sitzen? Las columnas de hielo que hacía escasos minutos eran mis piernas se doblaron levemente, ya completamente dirigidas hacia el atractivo chico, que ya me estaba haciendo sitio junto a él. No pude evitar mirarle a los ojos fijamente, no sin antes percibir que había dejado las gafas sobre la mesa mientras aún sostenía un libro en su mano. Bebía café, especiado con canela y jengibre, como pude observar por los frescos semivacíos sobre la mesa. Bist du sicher? Le dije para asegurarme de que no era un error y de que mi mente no me había jugado una mala pasada, ruborizada, al mismo tiempo, por estar ya prácticamente encima de él y tratando de disimular mi vergüenza. Dio un último sorbo al café y me dijo que se iba a por otro. Me preguntó si quería pedir algo para entrar en calor. Otro igual, le dije. Su partida a la barra dejó una fragancia en el ambiente que me dejó turbada, hipnotizada. Era perfume, seguro, una mezcla agradable entre olor a limpio y afrutado propio de los perfumes masculinos que parecen frescos a pesar de estar todo el día cubriendo el cuello y las muñecas de su portador. Mientras regresaba con los dos cafés en la mano observé a varias féminas mirar descaradamente a mi ahora acompañante. Me sentí orgullosa, y me sorprendí a mí misma fantaseando con la idea de alargar la tarde con él. Aquí tienes, me dijo. Me pareció percibir algo de nerviosismo por el ruido de las tazas al posarse sobre la mesa, cosa que me tranquilizó un poco. Danke, respondí sin atreverme a mirar sus ojos verdes. Bueno, ¿cómo te llamas? María, dije. ¿Y tú? Yo me llamo Hans. Hansss, dijo arrastrando la ese final de un modo que me hizo ruborizar. Los siguientes minutos fueron algo incómodos y transcurrieron como a trompicones, con turnos de palabra atropellándose entre sí. ¿A qué te dedicas? Pregunté. Soy traductor, dijo él, esta vez en un español que me dejó pasmada. Cuando iba a añadir algo me interrumpió para decir: me ha parecido que eres española, ¿verdad? Sí, española. ¿A qué te dedicas tú? La conversación transcurrió en español. Yo soy arquitecta. Mi respuesta pareció interesarle. Percibí una pícara sonrisa que esbozó tímidamente mientras se atusaba el pelo. Acomodó su postura sobre el sillón de dos plazas compartido, inclinándose ligeramente hacia mí. ¿Y cuánto tiempo llevas aquí? Cogió el café, bebió, y mientras yo ordenaba mis palabras para no parecer maleduca se hizo un silencio de unos tres segundos, y hablamos los dos al mismo tiempo. Ese es mi café, dije yo. Por encima de mi torpe enunciado, Hans añadió: perdona, he bebido de tu café. Reímos. La conversación continuó con intervalos de fluidez y silencios. Acabamos los cafés y pregunté: ¿Te apetece una cerveza? Ahora me toca a mí. Devolverle la invitación era una baza que no podía desperdiciar. Asintió con la cabeza, y con una irresistible sonrisa. La cosa se puso más fácil con el alcohol. A cada sorbo nos fuimos relajando. Hacía calor. Se quitó el jersey y otra bocanada de perfume me atrapó. Tras dos cervezas más pedimos algo para picar. A esas alturas el grado de confianza era como el de dos amigos íntimos. Intercámbianos los teléfonos y seguimos hablando. Ya no maldecía el frío. Llegó la hora de irse. Bueno, un placer, dije yo. Espero volver a verte, dijo él. Dormí plácidamente recordando extractos de la conversación. Me levanté para ir al estudio. Me duché y desayuné fiel a mi idea de no tocar el móvil hasta llegar al trabajo. Llegué a mi mesa, me preparé un café y encendí el teléfono con un deseo que intenté quitarme de la cabeza por imposible. El móvil pareció entenderme, y como una lámpara maravillosa me lo concedió: ¿te apetece un café?
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