Kensington Hall-Capítulo 7: Training Day
Llegó media hora antes de la hora acordada. Aunque presumía de una técnica impecable y de un estado físico de gran nivel, no pudo evitar sentir el gusanillo de los nervios en su interior. A pesar de su juventud, llevaba toda una vida entrenando. Comenzó en el equipo de infantil de Vistalegre, el barrio donde se crio, y continuó cosechando éxitos en diferentes ligas infantiles hasta llegar a su último equipo, el juvenil más laureado de su ciudad. Como en otros aspectos de la vida, Pablo acostumbraba a recibir elogios por parte de todo aquel que le rodeaba. En cuanto al fútbol, siempre tenía, como se suele decir, el balón en la punta del pie. Pero, ¿y si los nervios lo traicionaban esta vez? ¿Y si no conseguía desenvolverse como él sabía que podría? ¿Qué ocurriría, crucemos los dedos, si acababa lesionándose? La efervescencia analizadora de su mente no lo dejaba tranquilo, pero, no lo podía evitar, así era él.
Poco a poco empezaron a llegar compañeros al vestuario. Se tranquilizó, y se dio cuenta de que hizo bien en sentarse en uno de los gastados bancos de madera marrón, de ese modo vería llegar a todo el mundo. Fue una decisión inconsciente, quizás influenciada por tantas y tantas películas americanas que, inconscientemente, habían dejado un poso de cultura que ya poco se diferenciaba de la propia. Los componentes del equipo llegaban poco a poco, como por goteo. Se adivinaba la timidez en sus rostros, la misma que se dibujaba en el de Pablo, que no se atrevía a interactuar. Sí que se detuvo para divagar, y no pudo evitar recordar clásicos del cine deportivo o de corte social como Titanes, protagonizada por Danzel Washington, u otros como Money Ball —con un inusual Brad Pitt—, o Fences, con tramas que no trataban sobre fútbol, pero que contenían escenas de vestuario típicas, con un entrenador o un capitán de equipo dando charlas motivadoras seguidas por la repentina y heroica victoria del equipo.
En unos minutos el vestuario estaba lleno hasta la bandera. Había un tumulto de charla de fondo, pero la mayoría de esos atléticos deportistas prefería el silencio. Los que saltaban al terreno de juego como fieras eran los mismos que miraban ensimismados al suelo, poniendo toda su atención en la junta de las baldosas que tenían a sus pies, como si, con solo mirarlas, consiguieran eliminar el negror de lo que una vez fuera blanco.
De la nada, y del modo más sigiloso posible, aparecieron Sam y su secuaz. Su rostro era indescifrable, no se sabía bien si sonreía o fingía la seriedad que requería el momento de la presentación oficial ante su equipo. Unos pasos más atrás de él se encontraba Mike, mucho más relajado y distendido, quien observaba el perímetro de la estancia sin ningún disimulo, como escaneando a todos los presentes, sin duda tomando notas mentales de las primeras impresiones que, por experiencia, estaba seguro no se alejarían mucho de la realidad.
Sam comenzó su discurso tras unos minutos de silencio e incertidumbre, quizás de duda. Una vez seleccionadas las palabras que quería pronunciar, comenzó con un solemne: We are here to win. No cabía duda, al incluirse en la propia frase dejaba claro que era un miembro más del equipo y que no aceptaría la derrota. Dio un discurso duro y solemne que consiguió motivar a algunos y atemorizar a otros. Habló de titularidad y de suplencia, de darlo todo. Los jugadores lo observaban con recelo, y nadie se atrevía ni a respirar en los innumerables momentos de silencio que cargaban el ambiente como si fuera una cortina pesada de terciopelo que se negaba a ser corrida. De repente se oyó un fuerte bam y un jadeo. La cara de Sam se transformó.
—You are late.
No dijo nada más.
Todos se giraron hacia Gael, que tenía la palabra terror escrita en su cara.
—Lo si-si-siento. —Alcanzó a decir—. Me he quedado dormido.
Si las miradas mataran, Gael habría sido fulminado en ese preciso instante y lugar. La cara de Sam era un poema y no dijo nada durante unos largos segundos. Finalmente volvió en sí y recobró el hilo de la conversación. Acabó el discurso de manera titubeante y molesto por la interrupción.
—Pista central. Media hora corriendo. Todo el mundo. Ahora.
Todos se dispusieron a hacerlo. Mike sabía que esos cuatro mensajes que acaba de admitir como recién salidos de un telégrafo solo significaban una cosa: castigo.
—Todos menos tú. —Añadió dirigiéndose al recién llegado.
Su mirada se volvió algo más asesina, y Gael sintió que se hacía cada vez más pequeño.
—Ven a mi oficina.
Pablo fue de los últimos en salir y sintió compasión por su compañero. Pudo escuchar las primeras palabras de Sam, que fueron ascendiendo de tono en cuestión de segundos. Tras unos minutos corriendo Gael se unió al grupo, y Pablo acomodó sus zancadas para acercarse a él.
—¿Qué tal?
—¿Mejicano?
— Español. Me llamo Pablo. Luego hablamos a la salida, ¿vale?
— Okay.
Gael se sintió aliviado al saber que tendría un compadre en el equipo. Nunca se había sentido bien entre anglosajones, de sobra conocidos por él, pues solían visitar los resorts de Playa del Carmen, su lugar de procedencia.
Gael fue criado entre mostradores. Su abuelo regentaba un negocio de tacos en una de las calles más transitadas por los turistas americanos que bajaban a México en mitad del semestre en busca de sol y alcohol barato. No le gustaba la superioridad con la que solían adentrarse en el local, como si no hubiera un ser humano delante de ellos, como si hablaran al aire y un ente que no tenia cara ni significaba nada para ellos, fuera quien les pusiera la mejor cara y les diera el cambio de la manera más cordial posible a pesar de la indiferencia mostrada por el cliente. La madre de Gael ayudaba a su padre en el negocio y, por tanto, Gael, cuyo padre trabajaba en un taller mecánico, pasaba todo el tiempo detrás del mostrador y echando una mano de vez en cuando. Se esforzaba al máximo por sacar las mejores notas, y se dejaba la piel estudiando, todo intercalado con los entrenamientos tres veces por semana. Apretaba los dientes a pesar del sueño y de la fatiga esperando un golpe de suerte.
— «Algún día, sí, algún día saldré de aquí» —se decía.
Y ese día llegó. Un domingo, tras un partido en el que todo transcurrió sin pena ni gloria para él, su entrenador le llamó. Estaba acompañado por tres hombres de extraña apariencia, ataviados con traje de chaqueta, zapatillas deportivas, gorras y unas gafas de sol que dejaban adivinar pequeños ojos claros.
Pablo se extrañó cuando le dijeron que le habían observado durante varios partidos y que querían hablar con sus padres. « Menos mal que no me han visto jugar solo hoy, pensó para sí».
— ¿Te gustaría venirte a Filadelfia on una beca deportiva? Lo sufragaríamos todo, piénsatelo, merecerá la pena.
No pudo evitar sentirse de lo más halagado, y deseaba llegar a casa para contarlo.
—Ya se habían puesto en contacto con nosotros, hijo —dijo su padre sin mostrar mucha emoción. —Sería una buena oportunidad para ti, ¿pero estarías dispuesto a dejarlo todo para irte? Siempre podrás volver, por supuesto.
Su madre, incapaz de hablar, asentía la cabeza y se reprimía las lágrimas.
Y así fue como Sam, Mike y un miembro ejecutivo del equipo convencieron a la familia de Gael, que corría sin parar, como un robot. Hacía ya diez minutos que los demás compañeros habían abandonado el terreno de juego para volver al vestuario. Sin duda Sam lo estaba castigando, y no solo eso, con su dureza lanzaba un mensaje al resto: no acepto el retraso. Aquí llevamos la disciplina a rajatabla.
Pablo esperó paciente su llegada, tres cuartos de hora después. Dieron un paseo antes de parar a tomar algo.
—Yo llegué hace unas semanas y todavía me siento raro, ¿sabes?
—No mames, no sé si alguna vez me sentiré bien aquí.
—¿Dónde te alojas?
—En Kensington Hall.
—Igual que yo. Eso está bien. ¿Compartes habitación con alguien?
—Sí, con Steve, del equipo.
—Ah, vale. Parece majo. Yo no sé qué pensar de mi compañero. Es Ben.
—Ben... —lanzó un suspiro.
Ambos nuevos amigos relajaron tensiones mientras devoraban sendas hamburguesas XXL con todos los extras. Hablaron de sus familias, de sus aficiones, de los amigos y amigas que dejaban atrás, y se dieron cuenta de que tenían mucho en común. Llegaron juntos a Kensington Hall y se despidieron con un hasta mañana fraternal, con un abrazo.
Pablo durmió relajado, todo lo relajado que se podía estar después de un entrenamiento donde el entrenador había sacado su cornamenta de macho alfa, y en una habitación oscura compartida con un desconocido que parecía sentirse cómodo con símbolos fascistas a su alrededor. En la cama recordó otra película, Training Day, y se preguntó si su vida allí sería una experiencia de traición donde en realidad nada es lo que parece.
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